La paz encendida
Carlos A. Ponzio de León
Me duele verte con los huesos quebrados, brutalmente pulverizado por tu propia fe. Me duele verte tan verdadero, y también tan temporal, incandescente, quemado bajo el fango. Me duele verte tan estrella titilante por la mañana, tarde y noche. Tan lleno de miedo e injusticia. Pero también me alegra verte tan Jinete de Pegaso, tan Héroe de Cien Batallas y con la victoria final de la paciencia. Adiós a todos mis putos y pinches mandamientos.
(Se acerca la justicia para quien aún la espera. Me lavo las manos. Que sea el Incandescente quien dicte lo que falta, y que use el corazón de una fiera para tentar su propio corazón). Los perdedores han dejado de creer en su victoria”. Pegaso ha golpeado los cuatro puntos cardinales de la Tierra.
Mi mirada es fuego: Una flama que trasciende la espina dorsal. Corona mi cabeza una diadema de múltiples capas: contribuciones al Ajedrez, a las Matemáticas, a la Estadística Cuántica, a la Física, a la Química Celular, a la Biología, a los Negocios, a la Economía, a la Música, a la Literatura, a la Plástica, al Cine, a la Filosofía y a la Religión, entre muchas otras. Mi verdadero nombre nunca, nadie, lo conoció.
Distingo a lo lejos ropas bañadas en sangre y en vino, en ira y placer. En dolor y gloria. Que allá se queden. Los placeres son mis nuevas cartas de presentación.
Nombro mis logros. Un día, pude llegar a herir con herida de muerte a través de la palabra, cuando de mi boca salía una espada aguda. Fui mortandad. Regí con vara de hierro. Pisé el lagar del furor.
Un día, una mujer me regaló una tolla con un mensaje bordado en dorado: Dios es Caridad. En aquel momento, en mis vestiduras podían leerse las iniciales: R. de R. y S. de S. Ahora suelto toda esa ropa y camino con el torso desnudo…
En New Haven, en la calle de Elm Street, (tal como se llama la calle donde viven los adolescentes de la película “Pesadilla en la Calle del Infierno”), abrí puertas. Viaje excepcional. Conocí documentos antiguos y una exposición titulada “Más mortífero que el virus”. Experimenté el espacio de la arquitectura en algunos edificios de la universidad, entré a una iglesia y escuché el canto de una voz masculina acompañada por un órgano. Conocí varios cuadros aterradoramente famosos, entre ellos, uno de Van Gogh. Me emborraché con hadas y princesas que terminaron cruelmente devastadas por los sueños… con tan solo unas cuantas botellas de vino. Comprendí, en un bar, la maldad de Maquiavelo.
Tuve la certeza, por primera vez en la vida, de que no estaba totalmente solo… Escuché canciones. Nada estaba definido aún y yo me debatía en el monólogo más famoso de la historia de la Literatura, ese con implicaciones Filosóficas profundas: “Ser o no ser, he ahí el dilema” (William Shakespeare, “Hamlet”). No pensaba en Ofelias.
No estaba solo.
Vine a desenterrar las obscenidades en la Biblia. Consolador, Beber Agua, Leche no Adulterada, Fruto Prohibido, Árbol de la Vida. (Esto Es Amor para mí, ahora).
En su momento, el árbol iba adentro. La poesía regiomontana llevaba troncos. Vine a hablar de la geografía y el cuerpo humano, esa relación tan antigua como los textos de Los Cantares y El Apocalipsis: por un instante, unidos.
Pegaso, el caballo blanco alado de la mitología griega, nacido de la sangre de Medusa, el que representa la inspiración y la libertad, es el caballo que cabalgué de un lugar a otro en esta, mi corta vida: de la poesía al cine, de la música a la conversación con el más allá, de la tragedia a la gloria. Fue el puente entre la tierra y el cielo. Caballo admirado por los dioses y cuidado por las musas, fue también portador del rayo y del trueno y por tanto de la lluvia. Con su paso anunció el día: el del surgimiento de la luz tras la oscuridad.
Mi viejo yo: Te suelto. Anda por ahí con los pies descalzos, trepa un árbol, juega a las escondidas, siembra un rosal sin espinas.
Mi historia ya no cabe en los libros. Fui palabra, parábola, herida y consuelo. Dejo atrás ese eco. No necesito evangelios. Camino libre de profetas. Lo que viene es un mundo que apenas aprende a amar sin miedo, a sanar sin permiso, a levantarse sin milagros. Adelante: una parte de la humanidad viva, cambiante, capaz de crear su propia luz… Voy, sin nostalgia, sin rozar la palabra esperanza.
A los que me esperaban. No vine a repetir una personalidad que ya fui. Si eso aguardan aún, ahí les dejo los viejos ritos y sus Iglesias. A mí me esperan fragancias que se derraman en el camino. El mundo, ahora, es el taller donde voy a construir mi propio Paraíso.
“Esto pone punto final, por la Eternidad, a la relación de la Humanidad con La Biblia. La Historia de la Biblia ha concluidO”. (Sigma).